Alguna vez me había parado a pensar en la organización de los semáforos y los cruces más caóticos y aglomerados de mi ciudad, Madrid. Pero nunca lo había visto tan claro como lo acabo de percibir medio dormido después de una mini-siesta, la cual me ofrece una visión más limitada de mis recursos de estado de alerta. Es decir, estando medio alelao, me he fijado un rato en el puente de las Ventas de Madrid (véase foto adjunta).Los coches eran bloques que se movían de un lado al otro con varias fases, cuatro en concreto que los semáforos se encargan de controlar. Primero, la calle de Alcalá atravesando por arriba el puente y por abajo pasando la M-30. Algunos, desde la calle de Alcalá, se desvían levemente hacia los lados externos del puente para colocarse en otro lugar a la espera de su salida. Luego la calle de Alcalá se corta y los que estaban esperando pasan para atravesar en perpendicular a dicha calle y dirigirse a la M-30 y justo cuando terminan de pasar todos, los que venían de la M-30 acceden al puente para dirigirse a la derecha o izquierda; hacia un lado u otro de la calle de Alcalá, la cual, después de este proceso, se reanuda como antes. ¡Qué civilizado!
Todos como ovejitas. Lo gracioso es ponerse desde el punto de vista de los conductores. Nunca pensamos por qué espero, siempre nos quejamos de lo que esperamos y sólo pensamos en el querido verde de nuestro semáforo y en los cabrones que no dejan de pasar. Pero es que tanto ansiamos acelerar y correr a nuestro destino, el cual puede ser ir a trabajar o simplemente ir a comprarme unos vaqueros, que... ¡venga! ¡quiero pasar ya! ¡Tengo mucha prisa! Y a todo esto alguien esperando simplemente porque se ha equivocado; es el que menos nervioso está ya que solo piensa en como salir de ahí y dónde ir ahora. ¡Que dure el rojo que tengo que pensar más!
Esta ciudad nos atocina, nos hace no pensar y nos mata de estres y de egoísmo.
No hace falta ir a la carretera para verlo; algún día hablaré de esas personas mayores jubiladas que van a comprar el pan y a la farmacia y te empujan para pagar ellas antes y en la farmacia se cuelan alegando su enorme prisa para comprar unas tiritas.
En fin, ciudades del mundo; habéis ganado la batalla.
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